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Global Overview Magazine

Revista de actualidad política, religiosa, económica, social, cultural, científica y educativa con alcance internacional
ISSN 2618-1916

EL CISMA ORTODOXO RUSO-UCRANIANO Y SUS CONSECUENCIAS


EL CISMA ORTODOXO RUSO-UCRANIANO Y SUS CONSECUENCIAS


Autor:  MARCELO MONTES
 Doctor  en Relaciones internacionales (UNR), Profesor de la UNVM y la UNR.
Integrante del grupo Euroasiático del CARI.
“La religión ha vuelto”, decían algunos distraídos el 11S de 2001, cuando se producían los atentados a las Torres. En realidad, nunca se fue aunque se invisibilizó toda aquella que no fuera cristiana en las Relaciones internacionales desde la Paz de Westfalia hasta esa fecha. Aún la misma cristiana, porque poco o nada sabíamos del derrotero del cristianismo ortodoxo y sus múltiples facetas, sobre todo luego que se declaró oficialmente el ateísmo en la ex URSS. Hubo que esperar a 1992, ya en plena independencia del espacio postsoviético para ver allí, despertar la religiosidad y particularmente, en el núcleo de la rusianidad: Rusia, Ucrania y Bielorrusia.
Pero también en dicha región, existe una especial e intrincada relación entre Estado e Iglesias, para algunos, de mutua conveniencia y dependencia, incluso oculta y solapada en tiempos soviéticos. Sólo así se entiende que producto del proceso de “renacionalización” rusofóbica de Ucrania, tras el “Euromaidán” de 2014 y apenas unos meses antes de irse del poder, a fines de 2018, el entonces Presidente ucraniano Petro Poroshenkó haya visto complacido uno de sus objetivos iniciales cuando arribó al gobierno en Kiev: la separación de la Iglesia Ortodoxa Ucraniana del Patriarcado de Moscú.
En efecto, el 11 de octubre de 2018, el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, a cargo de Bartolomé I, quien lidera -aunque no a la manera de un Papa católico-, sin autoridad jerárquica ni infalibilidad reconocida, a más de 260 millones de cristianos ortodoxos, decidió otorgar autocefalía a la Iglesia ucraniana, dispensándola de aceptar la Carta de 1676, por la cual debía aceptar someterse a la jurisdicción de la Iglesia Ortodoxa Rusa (150 millones de fieles). Esto supondría a posteriori, la unificación de la Iglesia ucraniana propiamente dicha, con Patriarcado en Kiev con la Iglesia ortodoxa ucraniana, con Patriarcado en Moscú.
La decisión fue celebrada políticamente por los nacionalistas de Kiev y la parte occidental de Ucrania, como un hito más en la historia de desacople total del país respecto a Rusia. Obviamente, Putin recibió un duro golpe político-moral aunque enseguida pudo minimizarlo, porque meses después, se cobraría revancha en cierto modo, con la derrota electoral de Poroshenkó a manos del outsider político y humorista Volodimir Zelenskiy.


Puede analizarse el Cisma en tres dimensiones, la global, la nacional y la local.


En la primera, el decreto o “tomos” del Patriarca de Constantinopla implicó un rechazo formal de Moscú pero además condujo a una verdadera grieta entre el resto de las Iglesias. Cabe recordar que existen 14 Iglesias ortodoxas en el mundo, algunas de ellas, nacionales y otras no. La decisión de Bartolomé I, profundizó el abismo entre las hegemonizadas por Grecia y por Moscú. De un lado, quedaron las primeras, a favor de Ucrania, es decir, el ya citado Patriarcado Ecuménico, la Iglesia de Alejandría (en Egipto) y la Helénica (en Grecia). Del otro, quedaron, las segundas, o sea, la Ortodoxa Rusa, la de Antioquía (en Siria), la Búlgara, la Serbia, la Georgiana, la Polaca y la de las Tierras Checa y Eslovaca. En una posición intermedia, quedaron la Rumana y la Albanesa, mientras que el Patriarcado de Jerusalén, se movió hacia Moscú, aunque preservando cierta independencia de criterio. Hay otras Iglesias ortodoxas de la diáspora, que permanecen en una suerte de “limbo político”, como la Americana, la de Estonia y Finlandia, reconocidas o no por Moscú o Constantinopla. Todo lo dicho, implica que globalmente, Rusia emergió victorioso con su “soft power”. Es más, el Patriarcado de Moscú ha recibido apoyo para globalizarse y depender menos de su competencia con la ex Bizancio, abriendo nuevas Iglesias afines en Europa y el Sudeste Asiático.
En el orden nacional, no fue sencillo para Zelenskiy empeñado en quitar de la agenda, el conflicto con Rusia y el sudeste, heredar esta grieta religiosa, de clara connotación política. Ninguno de los sectores en pugna sin embargo, lograron capitalizarlo a su favor. Ni el candidato y oligarca prorruso Novynsky, principal financiador de los ortodoxos rusos, tuvo un siquiera aceptable resultado electoral en la parlamentaria de 2019 ni los nacionalistas, afines a la Ortodoxia ucraniana escindida, lograron quedar como primera minoría en la Verkhovna Rada (Parlamento). Zelenskiy, como buen judío afín a la cultura rusa y tras vivir en Mongolia, se mueve como un equilibrista entre la Iglesia ucraniana y la residual rusa. Tampoco ha querido interferir como lo hacía Poroshenkó explícitamente en favor de la primera, porque quiere congraciarse con Bruselas y la UE, no cayendo en arbitrariedades legales o judiciales que impidan la libertad de conciencia, como lo hacen la Polonia de Ley y Justicia o la Hungría de Fidesz.
Es en el orden local, donde los conflictos se hicieron palpables y son difíciles de predecir en su desenlace. La grieta se transformó en acciones de violencia por parte de los ortodoxos ucranianos, dispuestos a desalojar a los párrocos ortodoxos rusos a quienes no les quedó otra que judicializar los procesos de toma de los templos. El triunfo de Zelenskiy calmó las aguas pero el conflicto sigue latente y nada hace presagiar un final de convivencia pacífica en el mediano y largo plazos.
Como se puede apreciar, el intento de manipulación de Poroshenkó no fue gratuito y una vez más, cualquier intento político en tal sentido, de direccionar el mundo espiritual hacia el rumbo que le marca el poder terrenal, tiene gravísimas consecuencias, a menudo, contrarias a las que se pretenden.