Geopolítica y posgeopolítica en el mundo del siglo XXI
Por Alberto Hutschenreuter
No deja de ser una ironía que en el mundo actual la globalización, un fenómeno tendiente a superar de las diferencias tradicionales entre los Estados, se encuentre fuertemente condicionada por la geopolítica, una idea y práctica que asocia interés político con territorio y propósitos relativos con ganancias de poder, es decir, un fenómeno que hace tan solo poco más de tres décadas se consideraba perimido ante la emergencia y el vendaval del régimen de la globalización.
Hoy todo el mundo habla de geopolítica, incluso hasta aquellos pensadores de formación humanista y positivista que tienden a contemplar el devenir de los tiempos en clave optimista; es decir, aquellos que frente a la gran cuestión planteada por Immanuel Kant relativa con que si la humanidad involucionaba, se encontraba estacionada o evolucionaba, decididamente se pronuncian en clave esperanzadora.
No está mal que lo hagan, por supuesto, pero siempre y cuando ese optimismo no descarte aquello que los expertos como Stanley Hoffmann han denominado “políticas como de costumbre”, es decir, fenómenos o situaciones que siempre han estado presentes en la política internacional, desde el poder hasta las capacidades, pasando por la rivalidad, la guerra, la geopolítica, entre otras.
Fue precisamente por haberse adherido más de lo conveniente a las hipótesis de cuño esperanzador, que hasta la crisis financiera de 2008 o hasta la crisis de Ucrania-Crimea en 2014 se llegó a considerar que la guerra era un fenómeno que se iría volviendo una “depravación” cada vez más pretérita. El fin de la Guerra Fría, la globalización de los años noventa y posteriormente las hipótesis (provenientes en parte del mundo de la psicología) relativas con una ostensible disminución de la violencia intra e interestatal, fueron acaso los hechos que, junto con la avance de la tecnología, favorecieron sobremanera aquella consideración.
La geopolítica hacía tiempo que había quedado atrás hasta casi ser olvidada, sobre todo tras el fin de la Guerra Fría y el desplome de la Unión Soviética. Siendo una disciplina que había nacido hacia fines del siglo XIX (aunque su práctica era protohistórica) y que, por tanto, había quedado contaminada por todos los “ismos” de entonces más el tamiz posterior del nacionalsocialismo que la transformó en una idea y acción territorio-racial, después de la Segunda Guerra Mundial fue “proscripta”, es decir, se la consideró (al menos en Occidente) una “disciplina maldita”.
Si bien en los años setenta Henry Kissinger se refirió a la importancia de la geopolítica, en los años ochenta surgieron concepciones que le fueron quitando sus componentes esenciales, esto es, territorio, intereses políticos y poder. De eso se trató “el fin de la geopolítica”, de desterritorializarla y volverla una disciplina que implicaba varios enfoques. Ya en los años noventa, la disciplina fue utilizada para referenciar prácticamente todo, desde las finanzas hasta el clima (se habló, por caso, de “la geopolítica del Katrina”, como si el huracán obedeciera a deliberados intereses políticos volcados sobre territorios), pasando por la energía, el comercio, entre otros tantos temas. Para decirlo en términos pertinentes: la geopolítica fue entonces “empoderada” con otros tópicos que la hicieron compatible con las exigencias de un escenario abrumadoramente “onusiano”, geocomercial y tecnológico.
Si bien el clima internacional tras la Guerra Fría era promisorio sobre el rumbo que tomaría rápidamente el mundo (y ello se reflejaba en la pluralidad de hipótesis entusiastas), había hechos que tal vez no eran analizados con datos de la geopolítica “en retirada”, por caso, la guerra del golfo, que solamente podía ser explicada en función de los intereses geopolíticos y geoeconómicos en liza, y la guerra en la entonces Yugoslavia, un territorio de grandes incompatibilidades donde la geopolítica se practicaba en su peor versión: la territorial-génica.
Pero si bien estos hechos podían llegar a ser considerados “ajustes” de un mundo que se marchaba, en los años siguientes sucederían hechos categóricamente geopolíticos. Solamente entre 1999 y 2003 ocurrieron tres grandes sucesos con base en intereses políticos proyectados sobre territorios con fines asociados a ganancias de poder e influencia: la ampliación de la OTAN, el ataque perpetrado a Estados Unidos por el terrorismo transnacional y la proyección (una vez más) de fuerzas de Estados Unidos a la región del golfo Pérsico y Afganistán.
No siempre se ha considerado que el ataque del terrorismo al territorio más protegido del planeta tuvo génesis geopolítica, pero, en efecto, en los años noventa el terrorismo pasó a operar a escala global, es decir, dirigió sus acciones más allá de los escenarios cásicos, esto es, norte de África y Oriente Medio.
El golpe a Estados Unidos fue sorpresivo, si bien ya habían atentado allí a principios de los años noventa y algunos expertos y funcionarios, por caso, Bruce Hoffman y Richard Clarke, habían realizado advertencias notablemente precisas. Como bien se señala en el informe elaborado por una comisión del Congreso, antes del 11-S se consideraba que un ataque a Estados Unidos provendría desde el exterior y se utilizarían misiles (nunca se pensó que sería utilizando aviones comerciales).
Continuando con hechos de naturaleza geopolítica, la intervención de los Estados Unidos en Irak a principios del siglo XXI también es otro caso político-territorial, pues marcó una proyección de capacidades por parte de la superpotencia hacia una zona de enorme concentración de intereses no solo geopolíticos, sino geoeconómicos, geoenergéticos y geoconfesionales.
En relación con esto último, es pertinente destacar, siempre desde nuestra disciplina, que el desguace del Estado de Irak resultó capital a la hora de entender la posterior emergencia del ISIS o “Estado Islámico”, cuyo propósito final consistía en configurar una entidad político-confesional en la región. De manera que el hecho representa un caso por demás interesante en relación con la emergencia de un actor no estatal cuyo propósito era político-territorial.
En cuanto a la primera de las situaciones destacadas, la ampliación de la OTAN bien podría configurar una “compuerta geopolítica”, es decir, un hecho eminentemente geopolítico con consecuencias mayores. En efecto, las siguientes ampliaciones y las declaraciones adoptadas en el seno de la Alianza en relación con la futura incorporación de Ucrania, alteraron fuertemente el principio de seguridad indivisible en Europa oriental y, por tanto, terminaron activando la reacción militar de Rusia. De modo que cuando Moscú se refiere a las “causas profundas” de la guerra en Ucrania, aunque en Occidente relacionan la invasión en 2022 con el instinto geopolítico expansivo o “geopolítica perpetua” de Rusia, es necesario considerar la ampliación y la guerra silenciosa que tenía lugar en el este de Ucrania entre 2014 y 2022.
Más allá de estos acontecimientos con base en la geopolítica, en los años siguientes proliferaron hechos basados en la ecuación que define la disciplina, es decir, interés político, territorio y poder, por caso, por considerar una situación, la creciente competencia de los actores en el espacio exterior, uno de los territorios de la geopolítica que cobra importancia mayor en la actualidad, no solo por cuestiones asociadas a la seguridad (lo que ha llevado a la militarización pero no a la armamentización del espacio), sino por temas relacionados con recursos estratégicos espaciales.
A partir de los sucesos de Ucrania-Crimea en 2013-2014, surgieron múltiples trabajos cuyo común denominador era “el regreso de la geopolítica”. Pero considerando los hechos que venían ocurriendo desde los años noventa como así los señalados particularmente aquí más otros que tuvieron lugar, era un desacierto o al menos una gran omisión sostener que la geopolítica había retornado. Sencillamente, no podía estar de regreso algo que nunca se había ido.
Como ocurre con la guerra, la geopolítica también cambia su naturaleza, aunque hay que decir que ese cambio ha sido en parte, pues si bien han surgido temáticas nuevas dentro de la disciplina, las “viejas cuestiones”, es decir, aquellas que atañen a territorialidades tangibles, mantienen una contundente vigencia. Solo basta considerar que de las tres guerras y media que tienen lugar en las principales placas geopolíticas del mundo (Europa del este, Medio Oriente, península indostánica y zona de Asia-Pacífico, en tres de ellas la causa es político-territorial (no obstante, si bien en la última los conflictos obedecen a diferentes causas, en varios de ellos la base es geopolítica).
Las cuestiones relativas con el cambio de naturaleza de la geopolítica han ampliado el marco de la disciplina y no son del todo recientes. Consideremos brevemente algo sobre la “pluralización” de la geopolítica.
La “galaxia” de autopistas digitales comprende un nuevo e inconmensurable territorio de la geopolítica, una nueva dimensión que implica, en parte, un cambio en la naturaleza de la disciplina. Por supuesto que esta dimensión territorial supone un adelanto de escala en relación con la interdependencia, pues nunca antes el mundo estuvo tan conectado.
Pero las relaciones internacionales también suponen competencia e incertidumbre de intenciones. Y desde esta lógica por ahora irreductible, esa nueva plataforma geopolítica implica al menos cuatro situaciones: concentración de poder; capacidad para producir disrupciones de escala (por caso, Estados Unidos considera que un ataque cibernético a su territorio por parte de un estado o un actor no estatal podría provocar un “Pearl Harbor electrónico”); asimismo, facilita la desresponsabilización por parte de un Estado acusado de agresor, pues existen múltiples hackers nacionalistas o anarquistas que operan “por las suyas”; por último, el territorio digital permite a los regímenes autocráticos perfeccionar el control sobre las sociedades, convirtiéndose así en regímenes total-digitalitarios.
La conectividad nos lleva a otros territorios no siempre considerados en su estratégica condición: el de los cables submarinos, activos de comunicación global por los que discurre más del 95 por ciento del tráfico de datos. Actualmente, aproximadamente 600 cables transportan información relacionada con transacciones financieras, streaming, etc.
Dada su condición de activos estratégicos mayores, los cables submarinos suelen ser objeto de seguimientos o ataques perpetrados por Estados a través de diferentes medios, por ejemplo, “accidentes” o bien por el uso de drones submarinos ultrasilenciosos. Actualmente, Estados Unidos y China son los países más avanzados en materia de vehículos submarinos no tripulados.
Los recursos estratégicos implican un segmento de la vieja geopolítica, pero también forman parte de los nuevos territorios en función de la posibilidad que existe en relación con el advenimiento de una nueva era de “imperialismo de suministros”, es decir, los nuevos emprendimientos y las nuevas tecnologías, por caso, automóviles eléctricos, teléfonos, superconductores, entre otras, demandan recursos (litio, cobalto, silicio, antimonio, tierras raras, etc.).
Desde esta perspectiva, nuevas formas de cooperación entre Estados implicarán un imperialismo suave, pero tampoco se ocluye el imperialismo directo, esto es, el que supondría acciones por parte de actores demandantes, las que relativizarían soberanías de actores que, por diferentes motivos, no explotan recursos críticos de su tierra. Aquí es pertinente recordar la advertencia cruda del geógrafo alemán Friedrich Ratzel: “Si un país no ocupa sus territorios ni explota sus recursos, otros lo harán por él”.
Por último, en tanto la inteligencia artificial implica un poder de escala, sin duda que se trata de un nuevo ámbito de la geopolítica. Pero acaso el dato geopolítico más contundente en relación con esta tecnología sea la posible configuración de bloques geotecnológicos rivales, es decir, formaciones con vórtice en la concentración y maximización de poder que escaparán del margen de cooperación que sin duda habrá entre los Estados en este incierto segmento.
Estas nuevas cuestiones de la geopolítica bien podrían considerarse que forman parte de la “posgeopolítica”, pues suponen “nuevas territorialidades”, diferentes a los territorios clásicos de la disciplina. En rigor, estaríamos hablando de una “posgeopolítica 2.0”, pues debemos recordar que la globalización de los años noventa fue “geopolítica por otros medios” (parafraseando a Clausewitz). En la política internacional es muy raro que los hechos o situaciones entre Estados sean neutros, y la globalización no lo fue, ya que implicó captación de mercados (territorios). De hecho, el actor impulsor de la globalización, Estados Unidos, cuyo modelo económico de los años ochenta fue el que selló la globalización, desplegó una doctrina basada en la apertura global de los mercados.
En breve, la geopolítica no solamente nunca se fue, sino que se amplificó su temática. Posiblemente alguna vez ocurra un cambio de escala en la política internacional que vuelva obsoleta la geopolítica, y la cooperación acabe marchando por delante de la competencia y las pugnas por el poder. Pero ello no sucederá próximamente.
