Skip to main content

Global Overview Magazine

Revista de actualidad política, religiosa, económica, social, cultural, científica y educativa con alcance internacional
ISSN 2618-1916

Ni nueva Guerra Fría ni nueva guerra mundial

 

Ni nueva Guerra Fría ni nueva guerra mundial




Por Alberto Hutschenreuter



Hay especialistas que consideran que la rivalidad entre Estados Unidos y China es una nueva Guerra Fría. Por caso, en su obra The New Cold War: How the Contest Between the US and China Will Shape Our Century (2025), el británico Robin Niblett considera que, como sucedió en el siglo XX entre la Unión Soviética y Estados Unidos, la rivalidad entre aquellos actores hoy abarca todos los segmentos de poder. Por su parte, en su texto The New Cold War. US-China Relations in the 21 st Century (2025), el italiano Zeno Leoni nos ofrece una mirada con cierta originalidad, pues para este experto Estados Unidos y China están inmersos en un "nuevo tipo de guerra fría", donde los mecanismos de disuasión y competencia difieren de los de la Guerra Fría, lo que posibilita el regreso de la política de bloques.

Podríamos citar a varios otros, pero los referidos son suficientes para apreciar que la estructura de poder internacional en el siglo XXI marcha hacia un duopolio estratégico configurado por dos actores confrontados, con características que los desmarcan de los demás.

En efecto, si bien Estados Unidos conserva el estatus de poder grande, rico y estratégico (siendo esta última cualidad lo que por ahora hace único a ese país), China también casi completa los requerimientos, pues es grande, es rica y está avanzando sensiblemente en el segmento estratégico, puesto que cumple un papel cada vez más preponderante en todos los circuitos de poder internacional, desde el estratégico-militar hasta el tecnológico, pasando por el económico, el financiero, el institucional-internacional (ha "colonizado" prácticamente todo el sistema de la ONU), el de AI (general y generativa), el de recursos selectivos, el de la robótica, el digital, el de tecnopolos,  entre los principales.

Considerando las cifras que ostentan ambos actores en materia de participación en el PBI mundial, gastos globales de defensa, comercio, AI, biotecnología, producción industrial, servicios, capacidades navales, entre otras, resulta difícil aseverar que otros polos de poder (India, Rusia, Europa, Indonesia, Brasil, Turquía), se acercarán a estos dos poderes mayores en los próximos lustros.

Se trata de una nueva rivalidad internacional y mundial, pero no de una nueva Guerra Fría, pues la Guerra Fría, que dependiendo de los enfoques se extendió entre 1917-1991  o entre 1945-1991, mantuvo características singulares prácticamente irrepetibles, particularmente en términos ideológicos.

Por caso, con la captura del poder por parte de los bolcheviques, en octubre de 1917, el régimen puso en práctica un mecanismo de diplomacia en dos tiempos. Por un lado, una diplomacia tradicional de Estado a Estado; pero en paralelo, el régimen desplegó una política exterior dirigida a apoyar a las clases trabajadoras en los países industriales para que tomaran el poder y establecieran "dictaduras del proletariado", como había ocurrido en Rusia.

Desentrañar la ideología soviética llevó un tiempo a Occidente. Recién en los años treinta surgieron los primeros estudiosos sobre la URSS, aquellos de la "escuela de Riga", entre los que se encontraba el que más tarde se destacaría como uno de los mayores conocedores de la Unión Soviética e impulsor de la concepción de la contención, el célebre diplomático George Kennan. 

En sus monumentales "Memorias", Henry Kissinger sintetizó muy bien la característica de un “estado ideológico": “El rasgo más singular de la política exterior soviética es, por supuesto, la ideología comunista, que trasforma a las relaciones entre los estados en conflicto entre filosofías. Es una doctrina de la historia y también una doctrina motivante. Desde Lenin a Stalin, Krushev, Brezhnev y quienquiera que le suceda, los líderes soviéticos han estado parcialmente motivados por una autoproclamada perspicacia para interpretar las fuerzas de la historia, y por la convicción de que la causa de ellos es la causa de la inevitabilidad histórica”.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el orden internacional se estructuró en clave bipolar. A partir de entonces, la política exterior revolucionaria no se detendría hasta prácticamente la llegada del "séptimo secretario", Mijail Gorbachov, si bien para entonces la ideología había perdido fuerza en todos los "anillos" de dominio y proyección global, desde el mismo territorio de la URSS hasta el imperio global, pasando por lo que se denominaba imperio soviético, esto es, los países que antes eran considerados de Europa oriental.

Más allá de la geopolítica, la seguridad, el factor estratégico-militar y los bloques geoestratégicos, el factor ideológico en términos irreductibles fue, sin duda, la pauta principal de la Guerra Fría, pues todo se basó en ello.

La guerra Fría fue un mundo donde prácticamente todo quedó reducido a la lógica de ese régimen. Hoy no sucede algo similar que permita asegurar que hay  una nueva Guerra Fría. Consideremos brevemente al actor en ascenso.

China no se comporta como lo hizo la URSS. Su proyección de poder no es ideológica, sino profundamente pragmática, la que combina varios medios traccionados por el Estado, siendo el comercio-económico-financiero el principal. Frente a su rival, Pekín busca erosionar la predominancia estadounidense a través de políticas tendientes a lograr una configuración internacional más policéntrica. Nada de esto se parece a la rueda ideológica irreductible sobre la que Moscú proyectaba su política exterior.

Este enfoque pragmático se manifiesta con claridad en el estilo de la diplomacia china centrada en la cooperación económica, inversiones estratégicas y construcción de infraestructura comercial, particularmente en países del denominado “sur global”. En términos de la desaparecida especialista Susan Strange, dicha orientación se asocia con la teoría del poder estructural, esto es, el que no se ejerce únicamente por medio de la coerción directa, sino a través del control de estructuras fundamentales como la producción, las finanzas, la seguridad y el conocimiento. 

Además, China desde hace más de cuatro décadas crece económicamente a tasas incomparables, algo que nunca sucedió con la URSS. Hoy China puede enfrentar frentes adversos, pero los problemas de productividad no signan por ahora su futuro. En la URSS, los problemas de productividad comenzaron en los años cincuenta y fueron parte de los problemas estructurales que acabaron hundiendo la economía y, con ello, al mismo país.

Además, una configuración bipolar no se traducirá en bloques geoestratégicos herméticos y disciplinados como ocurrió en la Guerra Fría. Los bloques tenderán, en gran medida tienden, a ser geoeconómicos y geoetecnológicos de naturaleza flexible.

China también ofrece “bienes públicos internacionales” en diferentes segmentos internacionales, algo que nunca podría haber proporcionado la URSS, por caso, entidades bancarias, comerciales, servicios, sanitarios, sistema de divisas, entre otras. Por ejemplo, en respuesta a la captura y extracción de Maduro y a la nueva “gestión” estadounidense-venezolana del petróleo, China desplegó medidas silenciosas, por citar solo dos medidas, al día siguiente de la intervención de Estados Unidos el Banco Popular de China anunció la suspensión temporal de todas las transacciones en dólares con corporaciones que mantuvieran lazos con el segmento de defensa estadounidense; asimismo, China anunció que expandiría el sistema de pagos interbancarios, es decir, la versión china del sistema SWIFT.

Por último, China, a diferencia de la URSS, mantiene una política de no injerencia internacional. Miremos lo que sucede hoy en Medio Oriente y el Golfo Pérsico, donde Pekín (que en 2021 firmó con Irán un acuerdo de asociación estratégica) sostiene una “neutralidad activa”, es decir, siguiendo su patrón protohistórico de no involucrarse con medios en una guerra externa, condena los ataques perpetrados por Israel y Estados Unidos y denuncia la violación de los grandes principios del derecho internacional. 

No obstante estas “constantes” de la política exterior china de neutralidad y mediación que muy difícilmente cambien, es necesario decir, como bien apunta el experto Xulio Ríos en un reciente artículo, que hay académicos y expertos chinos (como Zheng Yongnian y Zheng Ge) que hacen sutiles apuntes a la necesidad de una mayor asertividad en un marco u “orden internacional basado en el miedo”.

En breve, como dice el especialista estadounidense Stephen Walt, emplear el término Guerra Fría para designar nuevas rivalidades interestatales es subestimar lo que significó la Guerra Fría, sus protagonistas, su alcance, los medios. Fue un conflicto único e irrepetible. Sugiere que en lugar de etiquetar las tensiones internacionales, sería mejor reflexionar sobre sobre desaciertos y errores que llevan a las mismas, y buscar nuevas maneras creativas para solucionarlas.

Del mismo modo que no hay una nueva Guerra Fría, la mayoría de los especialistas consideran que no estamos ante o en una nueva guerra mundial, 

Es verdad que la conflictividad hacia dentro de los Estados y entre Estados ha venido sufriendo un ascenso, y que en dos de las tres grandes placas geopolíticas del mundo hay guerra. También es cierto que existe un desorden internacional en confrontación, es decir, los grandes poderes se hallan en estado de discordia o de no guerra, confrontaciones intermitentes. Asimismo, el nivel de acumulación militar es mayor cada año, y es posible que el gasto militar 2026 sea el más alto registrado hasta hoy. También es verdad que se han formado extensas líneas de alta tensión, particularmente la que se extiende desde la frontera entre Suecia-Finlandia y Rusia hasta las costas de Turquía. 

Pero todo ello no alcanza para sostener que estamos ante una nueva guerra mundial, al menos desde las pautas que sirven para definir una confrontación mundial, particularmente en lo relativo al involucramiento de grandes poderes, la principal característica de una confrontación mundial.

En las dos guerras mayores que tienen lugar hoy en la placa o cinturón de fragmentación de Europa del este y en la placa geopolítica de Oriente Medio-Golfo Pérsico, intervienen grandes potencias y poderes intermedios, pero no intervienen directamente otros actores superiores, particularmente China u otros actores intermedios, si bien fuerzas norcoreanas y cubanas fueron desplegadas en apoyo de Rusia., mientras que los países europeos asisten a Ucrania con capacidades militares, de inteligencia y económicas. 

En la guerra de Ucrania el nivel táctico de la guerra involucra a Ucrania y Rusia, mientras que en el nivel estratégico existe (desde bastante antes del 24 de febrero de 2022) una situación de “no guerra” o discordia entre Rusia y la OTAN, pero no hay un enfrentamiento directo. En cuanto a Medio Oriente-Golfo Pérsico, el número de involucrado ya supera los 20 países, pero no hay involucramiento directo de Rusia, China, India, Japón… 

Asimismo, la “totalización” de la guerra, para utilizar términos del general alemán Erich von Ludendorff, es decir, el esfuerzo integral de la nación en guerra, tiene lugar en Ucrania y en Irán, pero no en los demás involucrados, al menos por ahora.  

No obstante estas peculiaridades mayores que definen la mundialización de una guerra, tal vez resulta pertinente considerar que las nuevas realidades internacionales y mundiales, particularmente aquellas relativas con la economía el comercio, las finanzas, la tecnología y la conectividad, suponen otros enfoques al momento de definir el carácter mundial de una confrontación militar.

La gran ironía de nuestro tiempo es que en los años noventa la globalización había prácticamente “licuado” la geopolítica, sin embargo, hoy podemos ver cómo la geopolítica en buena medida condiciona y hasta arrincona peligrosamente a la globalización.


Esta situación, que casi desbarata la creencia relativa con que la urdimbre comercio-económica internacional tiende a inhibir las confrontaciones armadas, nos conduce, al menos, a considerar la cuestión relativa con el carácter “mundial” de las guerras actuales.


Como dijimos, la mayoría de los expertos considera que la guerra que tiene lugar en Oriente Medio/Golfo Pérsico no es una confrontación mundial, pues no reúne las características antes mencionadas. 


Sin embargo, considerando las secuelas de naturaleza geoeconómica de dicha confrontación que aún no cumplió dos semanas, tal vez nos hallamos asistiendo a una nueva realidad militar. Se trataría, en términos del experto Martín Rafael López, de una nueva tipología de conflicto: guerras “semimundiales” por sus consecuencias, aunque regionales en su teatro de operaciones


Solo consideremos la siguiente situación: como consecuencia de movimientos dentro del régimen de Irán que hacen pensar en una nueva línea dura, y como consecuencia también del temor ante una interrupción prolongada del suministro de recursos desde los países del Golfo Pérsico, producto de un posible cierre del Estrecho de Ormuz, las bolsas en la región de Asia se desplomaron y el crudo aumentó un 25 por ciento, superando los 120 dólares el barril, aumento que impactó en todo el globo. 


La inquietud elevó el riesgo para las aseguradoras del transporte marítimo y ello repercutió en los mercados internacionales: Wall Street abrió a la baja, con caídas de todos los índices. También las bolsas en Europa registraron bajas.  


En este cuadro de externalidades negativas, los ministros de Finanzas del Grupo de los Siete, que nuclea a los mayores poderes industriales, aprobaron una liberación de crudo de las reservas para emergencias, hecho que aplacó relativamente el temor.


En otros términos, la globalización determina la mundialización de un conflicto armado regional. Por tanto, no es la geopolítica la que se "marcha" por la abrumadora globalización, como se aseguraba cuando acabó la Guerra Fría, sino que es la globalización la que se ve condicionada por la marcha casi incesante de la geopolítica.


Así como nos recuerda la historiadora Margaret MacMillan que las guerras cambian de naturaleza con el tiempo, quizá también esté cambiando la forma en que definimos una guerra mundial, aunque la clave que define una guerra mundial continúa siendo la “talla estratégica” de los actores intervinientes y confrontados.


En suma, ni hay una nueva Guerra Fría ni hay una nueva guerra mundial. 


El conflicto bipolar en el siglo XX redujo todo a una lógica de “ellos y nosotros”, es decir, un régimen de poder internacional irreductible. Por ello, Zbigniew Brzezinski fue crítico con la promoción de la detente o distención por parte de Henry Kissinger. En su libro Power and Principle, aquel sostenía: “En numerosos comentarios, los líderes del Kremlin han sostenido abiertamente que la detente sirve para promover el proceso revolucionario. Ellos ven la distención americano-soviética no solo como un medio de preservar la paz, sino como un instrumento para crear condiciones más favorables para la extensión del poder de los Partidos Comunistas”. 


En cuanto a si estamos o no en una nueva guerra mundial, a pesar de las contiendas militares guerras mayores que tienen lugar en diferentes regiones del mundo, en ninguna se dan las características que definen una conflagración de alcance mundial. No obstante, la mundialización de las relaciones internacionales hace que las externalidades de una guerra tengan impacto a escala global.